La historia de la construcción de Cerro Norte como gueto
«Quien
merece no pide» es un grafiti que se repite en los muros de Cerro Norte. El
programa Más Barrio quizá logre saldar alguna de las múltiples deudas que el
Estado tiene con la zona. Pero son varios los actores obligados a reparar la
estigmatización que los vecinos han sufrido desde que el barrio nació, en el
agitado 1973.
Relevamiento
en Cerro Norte, durante el comienzo del programa Más Barrio en Montevideo, el
23 de abril. Presidencia, Pablo Larrosa.
«La
reforma urbana empieza en Cerro Norte», tituló mordazmente Marcha, el 16 de
marzo de 1973, la primera nota que publicó sobre el cerco policial instalado en
torno a lo que entonces se llamaba Unidad número 3 de viviendas municipales. El
complejo habitacional en construcción pretendía contar con 504 unidades
agrupadas en tiras de dos pisos, extendidas sobre lo que habían sido campos de
pastoreo del viejo Frigorífico Artigas, cuya planta de faena se ubicaba donde
hoy está el Parque Tecnológico Industrial del Cerro. Ocuparían el largo
rectángulo que hoy delimita por el norte la calle Porto Alegre, por el este la
avenida Santín Carlos Rossi, Haití por el sur y Santa Cruz de la Sierra por el
poniente. Y pasarían a ser conocidas como Los Palomares del Cerro; emparentadas
en su precariedad con las de Los Palomares de Casavalle.
Las
del Cerro eran de muros de bloque y techo de fibrocemento, sin cielorraso. La
superficie total de cada unidad era de 25 metros cuadrados. En ese espacio,
algún iluminado arquitecto de la Dirección Nacional de Vivienda –Dinavi,
dirigida entonces por Jorge Toto da Silveira– lograba meter un bañito (un metro
por dos) y una cocina (ídem), dos dormitorios y un comedor diminuto.1
El
diseño tampoco previó espacios comunes y ya incluía los estrechísimos pasajes
donde no caben ni ambulancias ni patrulleros. Se habían concebido para alojar
desocupados y habitantes de cantegriles que se quería realojar. El designio
oficial era hacer la mayor cantidad de estas unidades al menor precio posible.
Ya
entonces quedaban ocultas para quien transitara por la avenida Carlos María
Ramírez. Así lo determina la pendiente del terreno y el hecho de que, entre Los
Palomares y esa avenida, se estiran las lindas casitas de techo de tejas del
llamado Barrio Obrero. Estas últimas, construidas en 1942, cuando asomaban «los
tiempos de las vacas gordas», testimonian que el mismo Estado había sido capaz
de imaginar otra política de vivienda popular; una que usaba materiales nobles
en unidades de superficies aceptables (37 metros cuadrados las de un
dormitorio), trazaba calles anchas, incluía arbolado y plazas –como la plaza
número 10, uno de los lugares más lindos de Cerro Norte–, rincón de encuentros,
sede de múltiples actividades y abierta hasta las 9 de la noche.2
Pero a
inicios de 1973 el clima ya era otro.
* * *
Cuatro
años antes, tras una huelga de cinco meses, la Federación de la Carne había
sido derrotada por el gobierno de Jorge Pacheco Areco. Se terminaron los
famosos 2 quilos de carne diarios que recibían los friyeros y sobre todo se
redujo drásticamente el empleo en la industria frigorífica, porque los
empresarios preferían llevarse la faena a las pequeñas plantas del interior,
donde, entre otras cosas, no había sindicato.
En
febrero, el entonces presidente Juan María Bordaberry había claudicado ante el
motín militar y delegado en los generales buena parte de las atribuciones que
le quedaban. La obra de Los Palomares se había iniciado, pero llevaba tiempo
parada. Fue un carnaval llovedor. «Se inundaron los cuartos del conventillo de
la calle Berna que dan a la cañada y los ranchos del Bajo Valencia», relataba
un cronista de Marcha.3 Y en esas familias nació la decisión de meterse en
algunas de las 109 viviendas ya techadas del futuro complejo.
Entraron
el 24 de febrero y poco después ya eran 700 personas buscando lugar; 504 eran
niños. La policía apareció de inmediato. En la embestida, cayó de una escalera
el ocupante Edgardo Roba, que terminaría falleciendo tres días después. Otros
pasaron la noche en los calabozos de la Seccional 24, pero la ocupación siguió
en pie.
El 6
de marzo, fuerzas de las guardias Metropolitana y Republicana sitiaron la
ocupación. La Federación de la Carne y otros sindicatos y comerciantes de la
zona burlaron el cerco para proveer a los ocupantes de alimentos. Algunos
ocupantes se la ingeniaron para salir a trabajar, otros terminaron presos al
intentar regresar.
La
atención sanitaria a los sitiados era más difícil. El 16 de marzo ya había 19
enfermos de diarrea. «Gran parte se debe al agua, que llega contaminada y
recalentada al sol por un único caño», explicaba un ocupante al cronista de
Marcha.
La
junta departamental reclamó al intendente que suspendiera el desalojo. Los
parlamentarios del Frente Amplio y de la oposición nacionalista reclamaron otro
tanto y citaron a las autoridades para que dieran explicaciones ante el Senado.
El Toto da Silveira bramaba en la prensa que la ocupación era obra de «gente
que quiere sabotear el Plan Nacional de Vivienda», oponiéndose a cualquier
contemplación.
En
vísperas de la jornada en que debía deponer ante el Senado, el coronel Néstor
Bolentini, ministro del Interior, ordenó la desocupación. A primeras horas de
la madrugada del 10 de abril, la policía cerró todos los boquetes que había en
el alambrado.
Adentro,
los ocupantes encendieron fogatas e hicieron sonar tambores. A las cinco de la
mañana entraron los represores, a caballo, por cuatro costados. La resistencia
era imposible. Según el relato de Marcha, había cinco uniformados por cada
adulto ocupante. Encabezó el procedimiento un viejo enemigo de los cerrenses,
el jefe de Policía de Montevideo, coronel Alberto Ballestrino, en traje de
fajina.
Los
ocupantes finalmente salieron juntos, cantando el himno, hacia los ómnibus y
los camiones que los condujeron a un galpón de la Republicana. Bolentini, por
cierto, no acudió al Senado.
Cuando
la ocupación aún se sostenía, un dirigente sindical interrogado por El Popular
acerca de la solidaridad del barrio con los ocupantes había respondido que «El
Cerro es el Cerro, una trayectoria de lucha y de conciencia». Pero no siempre
sería así.
Los
desalojos venían sumándose desde mucho antes en los conventillos de Palermo y
el Sur. «El domingo a altas horas de la noche» –narró Justicia el 12 de enero
de 1955– «la policía irrumpió en las habitaciones de los vecinos de la calle J.
M. Roo y Paraguay, mientras dormían. A la vez de enfocarlos con sus linternas,
los policías a gritos les decían a los vecinos que se fueran de allí porque el
lunes comenzaría la demolición». A pesar de que el municipio les había prometido
darles viviendas antes de su desalojo, el lunes llegó la empresa de demolición
pretendiendo desmantelar un edificio «con 12 familias».4 En 1978 le tocó el
turno al conventillo de Medio Mundo, donde vivía, junto con su padres y sus
nueve hermanos, Olga Celestino, que entonces tenía 17 años.
El
martes, ya con 65, Olga conversó con el semanario en uno de los salones de la
plaza 10.
* * *
«No
voy a decir que vivir en una pieza en el Medio Mundo no fuese una situación
precaria. Pero las piezas eran altas, y teníamos el gran patio en común donde
se lavaba, que ventilaba bastante. Los baños y la cocina eran comunes. Sobre
todo, teníamos otra libertad», rememoró la vecina.
La
policía condujo a los desalojados a un galpón de la antigua textil Martínez
Reina, en Uruguayana 3762, en el Paso Molino. Las familias vivieron allí
separadas por cortinas de nailon. Había un baño de mujeres y otro de varones.
No se les permitía cocinar. Había que marcar entrada y salida. No se podía
entrar después de las 20. A las 22 se apagaba la luz. «Había que adaptarse o
morir. Muchas personas murieron de tristeza. En Martínez Reina mi abuelo murió
de tristeza. Una prima mía se suicidó porque no se adaptaba.» Fueron casi dos
años en el galpón, hasta que, en 1981, se terminaron de construir Los
Palomares.
«Entonces,
algunos fuimos trasladados para Cerro Norte, otros para el 40 Semanas y otros
para Casavalle.» Los 12 integrantes de la familia Celestino tuvieron que
acomodarse en los 25 metros cuadrados de aquellas unidades. Y pronto fueron 13.
Cuando llegaron no había ni agua ni luz. «Fue épico. Lo puedo decir
tranquilamente porque, como yo iba a un colegio de monjas, las monjas me
ayudaron a escribir la carta al Estado Mayor, que después firmaron los vecinos,
para pedir que trajeran agua y luz», narró Olga.
Tampoco
había escuela ni policlínica cercana. «En Medio Mundo teníamos el dispensario a
80 metros y el Hospital Pedro Visca a seis cuadras. Acá, el dispensario más
cercano estaba en Grecia y Holanda, como a 25», ejemplificó.
Los
varones trabajaban en la Compañía del Gas o en el puerto y la mayor parte de
las mujeres eran domésticas, por lo que otra nueva dificultad era el
transporte. Para tomar el 125 o el 133 había que ir hasta la curva de Grecia.
Pero el boleto era caro, así que muchos caminaban hasta el centro. «Eran dos
horas y cuarto», recuerda Olga. «Todos estábamos muy atléticos», bromea.
Pero,
además, no contaron con la legendaria solidaridad cerrense. «Ya salimos de
Medio Mundo estereotipados como negras prostitutas, negros borrachos. No digo
que fuéramos todos angelitos caídos del catre, pero cuando llegamos ocurrieron
algunos actos de vandalismo que nos los adjudicaron a nosotros por ser nuevos.
Ese estigma lo seguimos arrastrando y sigue acrecentándose.»
Olga
recuerda que Los Palomares estuvieron sometidos a un patrullaje intensivo y que
la policía seguía cotidianamente casi hasta la parada del ómnibus a sus
hermanos varones, que eran feriantes y salían a trabajar de madrugada. Que
muchas mujeres que trabajaban como domésticas optaron por emplearse con cama
para no soportar el sistemático hostigamiento. Que en una gran razia los
uniformados se llevaron a todos los varones mayores de 15 años.
* * *
A la
profesora Tania Rodríguez Ravera el semanario la encontró completando la
primera mitad de su jornada, en una institución ubicada en el borde oeste del
rectángulo que actualmente define la intervención del programa Más Barrio en
Cerro Norte.
Además
de docente, es investigadora, autora –por ejemplo– de Migración interna y
afrodescendencia en la Villa del Cerro (1969-1981).5 Considera que hay que
situar la estigmatización sufrida por los vecinos de Cerro Norte en el contexto
de una comunidad con una fuerte presencia de inmigrantes europeos que ya
atravesaba las crisis sucesivas que implicaron la destrucción de la industria
frigorífica y el advenimiento de la dictadura. «Los viejos vecinos lo vivieron
como una invasión», resumió.
«No se
nombra la violencia racial que sufrió esa comunidad del Cerro Norte.
Intencionalmente o no, la política pública generó un gueto con esa gente que ya
estaba en condiciones de vulnerabilidad por el racismo, por los desalojos de
los que venían, por las pésimas condiciones en que los alojaron, sin agua, sin
luz, sin escuela», argumentó.
Tania
es cerrense y caucásica. «Cuando me propuse la línea de investigación, de
alguna manera fue porque quería entender esos prejuicios hacia Cerro Norte en
los que también yo había sido criada, quería entender las raíces», explicó. «De
adolescente yo podía ir sola con mis amigos a la playa del Cerro, pero tenía
orden de volverme a mediodía, “porque a esa hora bajaban los negros de Cerro
Norte”», graficó.
En su
búsqueda, Tania encontró que la mirada criminalizadora sobre Cerro Norte es muy
anterior a la alarma generada en la última década por los sangrientos
conflictos entre bandas de narcotraficantes. «Podés verlo claramente en la
prensa de los noventa», sugirió. Y es cierto.
* * *
La
edición del 27 de junio de 1997 de la revista Tres incluyó una amplia cobertura
sobre Cerro Norte. Una de sus piezas era una entrevista a Juan Carlos Noble,
comisario de la 24 desde 1993. «¿Qué consideración le merece la población del
Cerro y la de Cerro Norte, especialmente la de los complejos?», preguntó el
periodista. «La mayoría de la población del Cerro es gente honesta. En Cerro
Norte, en esos complejos, me atrevo a decir que la mayoría de la gente es de
malvivir», respondió el funcionario.
El colega
también quiso saber si era cierto que la policía no se animaba a entrar al
barrio. «Es una falta de respeto», replicó el comisario. «Obviamente no se
puede entrar regalado, un policía o dos, especialmente al atardecer. En ese
momento podemos ser agredidos y no podemos responder por la conciencia que
tenemos. Hay cantidad de niños en la calle y atacaríamos a víctimas inocentes,
aunque mañana van a ser enemigos de la Policía», profetizó.
Y ya
es mañana. Y el dolor no ha cesado. O se ha agravado. Como en otros barrios de
Montevideo, hoy en Cerro Norte hay profesores que descubren armas en las
mochilas de los alumnos, por ahora descargadas, pues no andan con ellas para
usarlas, sino porque alguien los ha contratado para entregárselas a alguien al
salir de clase; la organización Dónde Están Nuestras Gurisas encuentra
chiquilinas desaparecidas secuestradas en las bocas; los tiros de las guerras
por el territorio se llevan la vida de bebés de pocos meses.
La
geografía del complejo inventado por la Dinavi del Toto da Silveira cayó como
anillo al dedo para que la vieja Unidad 3 sea un sitio ideal para quien
necesita impunidad. El rectángulo de la violencia, de acuerdo al mapa de Más
Barrio, ahora excede el complejo: Carlos María Ramírez, Cuba, el camino La Paloma
y Santín Carlos Rossi son sus nuevas fronteras.
«Me da
una pena enorme, con todo el esfuerzo que costó que se fundara la escuela Ana
Frank, que tenga una capacidad aproximada de 500 niños en cada turno y haya
terminado con 50 niños debido a la violencia», lamenta Olga.
Con
todo, su balance de estos 45 años en el barrio está lleno de matices. «Yo viví,
no sobreviví.» Ahora alquila una casita en el Barrio Obrero, pero tiene
sobrinos y nietos desparramados por el complejo. «La población que vive acá es
muy inteligente. No sé si no les han dado las oportunidades que merecen o si
pretenden demasiado o si las tentaciones son más fuertes», reflexionó. Pero
ahora tiene un nuevo horizonte: «Formo parte del grupo Volver al Barrio.6 Estoy
grande y quisiera volver a mis orígenes, disfrutar otra vez de aquello que
quedó en mi mente y en mi corazón».
«Aspectos
materiales de la comunidad obrera del Cerro en torno a la vivienda», de Francis
Santana, en Rodolfo Porrini (coordinador), El Cerro, una comunidad obrera en
crisis (1957-1973), Universidad de la República, Montevideo, 2023. ↩︎
Santiago
Medero, «Viviendas decorosas y jardines para obreros responsables. El barrio
N.º 1 de INVE en el Cerro de Montevideo», en Registros, número 17, volumen 2,
Universidad Nacional de Mar del Plata, 2021. ↩︎
«El
techo perdido», 27-IV-1973. ↩︎
Citado
en María José Bolaña, «Afrodescendencia en Uruguay. A 50 años del golpe de
Estado. Memoria y cuentas pendientes», Hemisferio Izquierdo, 18-X-23. ↩︎
En
Rodolfo Porrini (coordinador), Una historia del Cerro,1940-1980, Universidad de
la República, Montevideo, 2025. ↩︎
Colectivo
de desalojados de Medio Mundo y Barrio Reus al Sur. ↩︎
Publicado
originalmente en Brecha numero 2113 el dia 22 de mayo de 2026 bajo el tiutlo “La
historia de la construcción de Cerro Norte como gueto y los desafíos del plan
Más Barrio”. Autor: Salvador Neves
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