Lo que llamamos el "progreso" del capitalismo trae consigo, inevitablemente, el avance de los derechos.

 

El desarrollo del capitalismo, al igual que cualquier proceso social o forma de relación entre las personas y su entorno (metabolismo social), "evoluciona" de manera constante. Este progreso no (y sus malos ratos) no debe recaer únicamente sobre unos pocos: el “progreso” del capitalismo implica que todos deben asumir sus consecuencias. Los trabajadores se ven obligados a adaptarse a cambios permanentes, impulsados por el deseo del capital de incrementar su valor y multiplicar las mercancías. Los dueños de los medios de producción (cada vez más concentrados y ricos) dirigen este “crecimiento”, fortaleciendo su capacidad y su voluntad de acumular más riqueza día tras día.

Sin embargo, paralelamente, también crece el deseo de quienes realmente generan esa riqueza: el deseo de conquistar derechos y escapar de una lógica desigual que los condena a jornadas laborales extensas, a condiciones que vulneran sus derechos, a enfermedades físicas o mentales derivadas del trabajo, y a la obligación de esforzarse cada vez más solo para sobrevivir. La concentración de la riqueza genera hoy, al igual que en el pasado, la voluntad colectiva de revertir esta situación perjudicial.

 Los capitalistas y propietarios, lo deberían tener claro: detrás de su ambición por generar más riqueza, se alza la aspiración de las mayorías por conquistar más derechos y liberarse de esa lógica represiva (que se parece a una dictadura), que se sustenta en el afán de unos pocos por ser cada día más ricos.

 El progreso trae consigo exigencias e imposiciones que no afectan solo a los trabajadores, sino también a los propios capitalistas. Esto es una realidad de ayer y de hoy. Así como los trabajadores se enfrentan a nuevas maquinarias, a la inteligencia artificial o a nuevos sistemas de producción que los desplazan, los capitalistas se enfrentan a las reivindicaciones colectivas (a veces más intensas, otras menos intensas) por más derechos y al deseo generalizado de transformaciones sociales. Antes, la protesta se expresaba destruyendo máquinas; hoy, se defienden y se exigen derechos.

Del mismo modo en que los trabajadores asumen (y padecen) que las formas de trabajar se modifican constantemente, los dueños de los medios de producción también deben comprenderlo: los avances y cambios en los modelos de acumulación de riqueza, o las estrategias que ellos implementan para obtener mayores ganancias, vienen siempre acompañados —en todos los casos— de un avance en los derechos. Este es un dato histórico y una regla irrefutable.

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