Sobre las formas de aceptar la derrota
Hace apenas unos días, la selección uruguaya quedó eliminada del Mundial. Bastaron 90 minutos para que muchos de quienes hasta entonces encarnaban el orgullo nacional pasaran a ser objeto de insultos, burlas y descalificaciones. En cuestión de horas, las redes sociales, muchos programas deportivos y gran parte de las conversaciones cotidianas se poblaron de diagnósticos lapidarios: «vergüenza», «desastre», «decepción», «fracaso». La escena repite algo de lo que pasa en la política. Las lunas de miel duran cada vez menos y las condenas llegan rápido. Los desacuerdos se convierten fácilmente en agravios y las personas, en lugar de sus argumentos, pasan a ser el blanco de los ataques. Estas formas de reaccionar frente a la derrota, el error o la decepción no son solo propias del fútbol o de la política (y habrá que preguntarse, entonces, qué tienen en común, más allá de que periodistas de unas tiendas lleven estilos, palabras y discursos a la otra). Y no son solo manijas de los ...