No es un problema de comunicación, es un problema político.
Las
discusiones sobre los gobiernos suelen discurrir hoy sobre las características
personales y hasta emocionales de los llamados líderes. En un ágora
digitalizada, en la que prima el concepto de reacción –eso es lo que
promocionan hoy los streamers mientras reproducen videos con la rencilla de
turno a 2.0×– y mucho menos el pensamiento, las cuestiones de fondo quedan
subsumidas a los «problemas de comunicación». Este último defecto que aquejaría
a la administración de Yamandú Orsi es el que han identificado varios analistas
y un buen número de dirigentes cercanos al presidente como principal razón de
los magros porcentajes de aprobación en las encuestas.
La
oposición, empacada convenientemente en no asumir su cuotaparte en la crisis de
representación de la deslucida democracia de partidos, apela de nuevo a la
política personalista: sitúa la mira en un presidente que duda (es cierto que
no le faltan ejemplos de los que agarrarse), que no tiene claro a dónde ir y
que sería todo lo opuesto al líder propio, que goza con la ventaja de orejear
sin participar. Para colmo, quizás el mayor escándalo mediático sufrido por el
gobierno de Orsi –el affaire de la camioneta Hyundai– toca al mandatario en su
individualidad, en su ética personal, aunque con ciertos rebotes en la
proverbial moral colectiva del Movimiento de Participación Popular (MPP) y su
culto de la austeridad. La política no logra despegar, agobiada por esas
facetas morales que también fueron campaña: el gobierno de la honestidad. Pero
la principal crisis del actual gobierno es política.
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Detrás
de ese cada vez más nítido problema político, hay asuntos, sí, de forma, pero
sobredimensionados, porque la cuestión es de fondo. La falta de entusiasmo con
este cuarto gobierno del Frente Amplio (FA) tiene un buen componente aportado
por el distanciamiento del núcleo militante –sobre todo del extra-MPP–, que, si
bien no integra ese manido electorado volátil que definiría elecciones, es el
tronco sobre el cual se despliega todo lo demás. Esa raíz militante, orgánica o
no, aún activa en pleno siglo XXI, es el piso básico que permite reactivar cada
cinco años los pujos místicos supervivientes.
Quizás
no se le ha dado la importancia suficiente a una declaración pasada sobre una
cuestión de forma, pero que hace mucho al contenido. A aquella estocada de
Martín Vallcorba, el viceministro de Economía y Finanzas, que llegó a decir que
el programa del FA era solo una «orientación» pues es «impagable» y «no se
puede hacer» en un quinquenio. El gobierno aún estaba en pañales y el reflejo
más obvio de los escuchas fue el de fingir demencia, pero aquella confesión
brutal lanzada en el comité de base Vanguardia expresó una visión que volvería
a emerger.
Frente
a controversias peliagudas en política exterior, como la postura sobre el
genocidio en Gaza o la relación con Estados Unidos, asuntos muy caros para esa
base troncal que explica, por lo menos, varias decenas de puntos porcentuales
del propio caudal electoral, hubo una segunda negación. Orsi lanzó otra de esas
frases indigestas para una colectividad que se siente instrumentalizada cada
cinco años, cuando es convocada in extremis: él gobierna para todos los
uruguayos. Se entiende lo de la investidura, pero hacer a un lado el corpus
simbólico y político del partido al que se representa y por el que se gana una
elección no puede causar otra cosa que la que está causando. No es que no se
haya dicho antes durante otros gobiernos frenteamplistas, quizás no se mostró
con esta desnudez. Entonces, esos presuntos errores de comunicación no son
tales, porque manifiestan una mirada sobre el rol del partido propio y del
vínculo con la base social que es francamente política en el más puro sentido
del término.
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Las
democracias tardías adolecen de crisis conceptuales y de sentido. Hasta no hace
mucho los sujetos políticos que se colocaban del lado izquierdo de la mecha
procuraban no diluirse en la mera administración. En épocas bautismales, una
suerte de sentido casi instituyente implicó avanzar, más allá de la inclusión
dentro de las categorías izquierda-derecha, en posiciones incómodas que no
siempre fueron mayoritarias en la sociedad uruguaya. Ingresar a los cuarteles
en búsqueda de restos de desaparecidos y promover una nueva interpretación de
la ley de caducidad no fueron decisiones prosistémicas. Diseñar una política de
transferencias monetarias para los sectores más sumergidos o convocar los
consejos de salarios no eran políticas de unánime palatabilidad. Avanzar en
nuevos derechos, que para quienes provenimos de otras generaciones eran
impensados –despenalización del aborto y del cannabis o matrimonio igualitario–
y que fueron impulsados desde los movimientos sociales, supuso atravesar
hostiles campos de batalla. Hasta hoy son asuntos resistidos.
Ya
sabemos que Orsi estuvo muy alejado de una campaña disruptiva a lo Zohran
Mamdani y se debería recordar que nunca prometió el uso de su pierna izquierda.
Con todo, y pese a la falta de mayorías parlamentarias y las incertidumbres
planetarias, es revelador que eso que se ha convenido en llamar buque insignia
designe esta vez a un proyecto de competitividad y desburocratización emanado
del despacho del ministro de Economía y Finanzas. En una de sus últimas
salidas, Gerardo Caetano trazó el mapa de calor del actual gobierno al que ve entreverado
«en una comunicación en donde el eje central son los empresarios» (Búsqueda,
11-VI-26). Por otro lado, hay manifestaciones urticantes para ciertos sectores
que no son novedosas en la galaxia emepepista ni pueden ser vistas como errores
no forzados: desde creer que las religiones pueden ser más eficaces que el
Estado para el tratamiento de las adicciones hasta involucrar a las Fuerzas
Armadas en nuevas tareas.
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Esa
suerte de compartimiento estanco en el que está confinado el gobierno de Orsi
no lo está conectando ni con la sociedad despolitizada ni con su base
electoral, con lo cual irrita a tirios y troyanos. Además, su pragmatismo no es
lo suficientemente atractivo como para encantar dentro de un electorado de
centroderecha que preferirá el original y no la copia, mientras que el desapego
del imaginario propio profundiza el descreimiento. Un camino que vacíe la
potencia creativa y colectiva de lo político o que estigmatice la inconformidad
–y la califique de «infantil», como se ha hecho desde las usinas de la calle
Colonia con el impuesto del 1 por ciento a los más ricos– no parece ser el más
conveniente para trascender lo efímero. Ganar para qué sigue siendo la pregunta
incómoda. Si los contenidos se diluyen, pero, además, los elementos aglutinantes
se estiran como un chicle sin sabor, el enésimo documento de «autocrítica»
estará condenado al cinismo. El clima de época no está como para un bonus
track.
Titulo
original: ¿ERRORES DE COMUNICACIÓN O CRISIS DE CONTENIDO? El problema es
político. Autor: Rosario Touriño. Publicado en Brecha numero 2118 el 26 junio de 2026
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